La “intelectualidad” cubana se rinde al odio y la rancia envidia

Entre “muelas” prolijas y mísera cobardía se va ahogando la intelectualidad cubana de la isla.

Lo mismo sucumben al chantaje, que a pagos de prebendas de la dictadura, que a cheques de alquileres parisinos o grants americanos habaneros.

Otros lo hacen por simple mediocridad disfrazada de lenguaje martiano solo superado por Yosuam.

Son capaces lo mismo de aliarse a Edmundo García, que de destripar a un preso, que defender a un evidente estafador.

Todo es válido para destruir a quienes los dejan en evidencia. Para intentarlo, porque ni eso pueden, aún con ínfulas de falsos aristócratas.

Y es que para enervar una idea y esconderla tras aparentes dulces palabras, o finas teorías, a veces no hace falta ni siquiera dinero, o miedo, o ganancia alguna. Bastará con el éxito ajeno imperdonable.

El amor de esa plebe que tanto desprecian, pero de la cual necesitan desesperadamente para afianzar sus talentos insípidos, su fétidas falacias, sus embustes encargados o espontáneos, pero siempre llenos de venenos.

Lo mejor de todo es que aún hay algunos, que aunque caben en los dedos de una mano, reconocen el valor solo de verlo. Y no me refiero a valentía sino también a utilidad.

Algunos que tienen en sí mismos el decoro del que hablaba Martí, y del propio apóstol y que no dudan en reconocer las aplastantes victorias de otros, que no por diferentes serán menos grandes. O precisamente por diferentes tan grandes y exitosos han sido.

Ahí te encuentras entonces con la verdadera élite de la intelectualidad cubana. Esa que no zozobra, ni prostituye su carácter, esa élite segura de su talento y merecedora del reconocimiento de su valentía y capacidad de análisis.

Y aunque hay otros, me vienen a la mente, María Werlau y Carlos Alberto Montaner. Dos gigantes pensadores y fieles defensores de Alexander Otaola y su ya basta obra.

Profetas además de los extraordinarios logros que quedan por venir. Aunque para ello no haga falta ser intelectual ni académico.

A ellos gracias y al resto de nosotros los mortales y chusma agredida y olvidada por esa “élite” de papel maché, jamás de seda, papiro o nada fino que se le parezca, a nosotros, nos toca demostrarles quienes somos los que tenemos realmente el poder.

Eso es al final la única verdad que se ha dicho en todo esto por parte de las víboras vendidas y a la venta: la dictadura ya está muerta. Solo tenemos que entrar triunfantes en La Habana.

Por Liu Santiesteban

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